La discusión de siempre en cualquier cocina: más platos o menos platos.
Lo que gana la carta larga
- Nadie se va porque no había nada que le gustara.
- Sirve a públicos distintos: el que quiere ensalada y el que quiere chuletón.
- Da sensación de casa surtida.
Lo que gana la carta corta
- Menos merma. Cuarenta platos son cuarenta líneas de producto que caducan.
- Cocina más rápida y más regular. Menos escandallos, menos elaboraciones, menos errores.
- Se lee entera. Y lo que se lee entero se pide mejor: en una carta de doce platos, el cliente elige entre doce; en una de cuarenta, elige entre los tres primeros de cada sección.
- Transmite criterio. Una carta corta dice «sabemos lo que hacemos».
Lo que cambia con la carta digital
Aquí está lo interesante: la digital no obliga a elegir.
Un plato que sale de la carta no se borra: se apaga. Sigue ahí con su ficha completa —descripción, precio, alérgenos, foto— y vuelve encendiendo un interruptor.
Eso permite algo que con papel es imposible:
- Tener cien platos creados y enseñar quince.
- Rotar por temporada sin volver a escribir nada.
- Probar un plato dos semanas y apagarlo si no funciona.
La carta que ve el cliente es corta. El catálogo de detrás es largo.
Cómo decidir cuántos enseñar
Una regla que funciona: ninguna sección de más de ocho, y cuatro o cinco secciones de portada. Eso son entre veinte y cuarenta platos visibles, que se leen.
Si tienes más, no quites: parte las secciones. Las anidadas no tienen límite, y tres listas de siete se leen mientras una de veintiuna se ojea.
Y el dato que lo cierra
En Analytics, los platos que nadie abre. Si un plato lleva dos meses sin una sola consulta, no está vendiendo: está ocupando sitio y añadiendo merma.
Apágalo un mes y mira si alguien lo echa de menos.
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